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Guia basica para recien independizados

El Cabo de Los Lamentos

Una de mis playas favoritas es la playa de Zahora, en Cádiz. Está localizada en un lugar hermosísimo y a la vez tétrico: yo la llamo "El Cabo de los Lamentos", aunque en los libros y los mapas, aparece como el cabo de Trafalgar.

 

 

 

La playa es de arena fina, típica en Cádiz. Es esa arena que se pega a la piel y da la lata para salir cuando te montas en el coche; pero que engaña con la apariencia del oro a los turistas anglosajones: muchos de ellos se creen que entre los granos de arena se pueden encontrar láminas finas de oro, por el brillo que tiene esta arena bajo el inclemente sol del mediodía veraniego. Esta playa es, además, una de las más limpias de España porque los alojamientos y los bares cercanos practican el turismo ecológico.

Recomiendo, pues la visita a esta playa a todos los amantes de la naturaleza. Además, por la zona es fácil encontrar alojamiento y comida asequible para el bolsillo de los "recién independizados". Allí, se mezcla el turismo familiar de playa con el naturalismo y el nudismo. Y lo mejor de todo: por muy poco dinero, en esta playa podréis viajar en el tiempo.

Cuando sopla el viento de poniente, la playa de Zahora es una auténtica maravilla, digna de catálogo de agencia de viajes: el mar es un espejo de tranquilidad, y la imagen del faro de Trafalgar, al fondo, le da a la playa un aire romántico y soñador. Es como viajar al pasado, al tiempo en que los faros representaban toda la ayuda posible a los barcos, que erraban buscando una costa, cargados de sabe Dios que, y temiendo escorar contra las rocas. El faro se presenta como un vigía benigno que conduce a los marineros a buen puerto. Cuando sopla el poniente, la playa me llena de sentimientos positivos y buenas sensaciones.

Pero todo cambia cuando sopla el levante. El mar se enrarece y el baño resulta muy peligroso. La dorada y pacífica arena se levanta en ráfagas y te araña la piel como zarpazos de oso. Y el ruido del viento es insoportable, triste y desolador. Es como un aullido tenebroso que se mete en tu cabeza y te araña el cerebro igual que la arena te araña la piel. El aspecto de la playa sigue siendo hermoso, pero de una hermosura macabra, como los cuadros de William Blake. Y el faro ya no es un vigía benigno, sino un testigo mudo que se siente impotente al no poder evitar una tragedia.

Yo, que soy soñadora hasta el punto de la empalaguez, siempre digo que cuando sopla el levante, es porque los fallecidos en la batalla de Trafalgar se quejan de su triste destino, y gritan, para que no los olvidemos.

Frente al faro, y en una noche tormentosa de Octubre de 1805, casi cinco mil hombres, (entre españoles, franceses e ingleses), perecieron en la famosa batalla. Meses después se sumaron más a este número: o murieron por las heridas provocadas, o murieron de inanición y dejadez en una cárcel brítanica. Yo he visitado la antigua prisión de Edimburgo, y hay que decir que Guantánamo o que cualquier cárcel musulmana, que tanto se critican, hubieran sido el paraíso para aquellos hombres del principios del XIX. No quiero decir con eso que apoye la actual situación de esas prisiones, sino que la estancia en una prisión de la época podía ser peor que la muerte.

Personalmente, no me uno al sentimiento patrio que se alegra por la muerte de Nelson, o que critica el papel de la alianza francesa, o mil detalles más. A mí lo que me llena de tristeza es toda esa gente que se quedó para siempre frente al "Cabo de los Lamentos", independientemente de su nacionalidad. Me apena pensar que las naciones discutieran por una lista de intereses que al gaditano, al pariesiense o al londinense de a pie no iban a beneficiar nunca. Y sin embargo los tres dieron la vida por esos intereses absurdos, y los tres descansan en las aguas de aquel mar. Y sus esperanzas y las de sus familias también se quedaron allí para siempre.

Cuando sopla el levante, aullan y gritan, para quien los pueda oir: "Parad esto. No volváis a caer en la misma espiral. Mira lo que hicieron con nosotros".

Es por eso que me gusta ir a esta playa, y ver como juegan los niños con sus padres. Como lo grupitos de jóvenes, que se siente libres y en posesión de la verdad, se desnudan bajo el sol y se toman sus litronas. Y como los marineros que fallecieron, observan la escena con la calma impasible de la eternidad.

Pero, volviendo a la playa, siempre es hermosa. Con su levante o con su poniente. Con sol o con lluvia. Siempre nos aporta algo. Siempre nos traslada al pasado y nos hace disfrutar del presente. Y si vas, y te bañas en esas aguas, no tengas miedos a los espíritus de los marineritos muertos: los muertos no hablan, pero si aullan, y su aullido no quiere transmitirnos temor, solo quieren que no los olvidemos, que no olvidemos su angustia y su temor. Y que, ya que ellos no pudieron, disfrutemos nosotros de la vida y seamos felices.

La playa de Zahora, en resumen, invita a la reflexión, y yo os invito a visitarla si no lo habéis hecho aún.

 SULIS.

 

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