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Guia basica para recien independizados

hola

Me ha gustado tus articulos y como enfocas lo de la independencia...quiciera recetas de postres...y haber como me suscribo a tu blog...chaooo

Surviving Xmas...

Vamos a pensar con frialdad y calma, (ahora que ya ha comenzado el año y el fin de las fiestas está a la vuelta de la esquina), todo lo que hemos hecho mal durante este aciago periodo con que da comienzo el invierno. Así que vamos a hacer un pequeño test:

¿Hemos invertido grandes cantidades de dinero en regalos sin poder permitirnoslo?

¿Estamos seguros de que nuestros amigos y familiares van a usar esos regalos, o son algo que no van con su estilo, no les viene bien de talla, o jamás van a usarlo porque no tienen necesidad en concreto de ese objeto?

¿Hemos invertido más tiempo en comprar artilugios decorativos, regalos y comida que en estar con los nuestros?

¿Nos hemos dejado llevar por el mal humor, cuando algo no ha salido bien o no ha salido como esperábamos, y hemos terminado discutiendo con todos los que estaban a nuestro alrededor?

¿Hemos comido más de la cuenta, e incluso hemos devorado o bebido manjares perjudiciales para nuestra salud, y ahora estamos con el estómago hecho un cromo, (por no hablar de los kilos de más)?

¿Nos ha invadido algún sentimiento de depresión, vacío o soledad, aún cuando estábamos rodeados de gente?

¿Nos ha entrado una nostalgia horrosa al recordar a los que no están o al pensar en lo felices que éramos hace unos años en las mismas fiestas en otras circunstancias?

 Si hemos contestado que sí a cuatro preguntas o más, no hay duda: "Eres como el Sr. Scrooge o como una servidora, y odias la Navidad". 

Personalmente, todo el tinglado de lucecitas, villancicos y buenas intenciones que nunca se llevan a cabo, me pone de los nervios!!!!! Hay gente que disfruta con todo esos artilugios horteras, villancicos imbebibles y canciones cursi en inglés (en concreto hay una canción navideña de Mariah Carey que me desquicia, por no hablar del videoclip) que nos animan a ser mejores personas durante una semana. Porque en los países civilizados, el periodo navideño dura desde el 24 de Diciembre al primero de Enero, ocho diítas... Pero aquí nos empeñamos en alargar la agonía hasta el 6 de Enero con la insufrible cabalgata de Reyes Magos.

Lo que nos sucede es que somos conscientes de que las guerras, el hambre y la enfermedad no se acaban en Nochebuena, y también, que unos más que otros, vamos viendo que nuestras Navidades falta gente que falleció o que se fue de nuestras vidas. Eso nos llena de amargura, resentimiento y añoranza, así que al ver como empiezan a adornar los centros comerciales en Noviembre, (algunos se pasan que empiezan en Octubre, reconocedlo), nuestra primera reacción es soltar un improperio en voz alta.

Pero puedo entender que hay gente a quien le gusta. Aunque nos parezca increíble, hay individuos que disfrutan con las lucecitas brillantes, se emocionan en la cabalgata aunque no sean niños, y cantan villancicos infumables durante la cena de nochebuena al calor de la lumbre. Esta gente disfruta con esas cosas que tú y yo encotramos horteras, hipócritas o fuera de lugar para el siglo XXI.

Aún así, y como consejo de supervivencia número tres, os lanzo el siguiente alegato: "No arruineis la fiesta a los demás". El hecho de que tú no aguantes la cena en familia, o no creas en los Reyes Magos no te da derecho a cargarte la ilusión de los demás. Piensa que entre esa gente con la que no tienes ganas de cenar, hay amigos o familia que han estado buscando algo para regalarte con toda la ilusión del mundo, (aunque a ti no te guste). Piensa que tu madre o tu compi de piso ha estado toda la mañana en la cocina preparando la cena. Piensa que cuando tu eras niño te jodió un montón descubrir que los Reyes eran los padres.

Y sí, lo reconozco, no aguanto ver a todo el mundo ir a comprar como becerros en manada, no soporto mirarme al espejo con tres kilos más después de matarme de hambre durante meses, y me deprime no poder regalar cosas para poder llegar a fin de mes cuando a mí si que me hacen regalos. Nada va a cambiar ni a suceder en mejor forma porque sea 25 de diciembre. Pero esa gente que cree, si es que realmente cree, tiene derecho a vestirse como un hotera en Nochevieja, tiene derecho a cantar villancicos aunque desafine y tenga dos copas de más, y por supuesto tiene derecho a gastarse una pasta en un rolex para su esposo o un perfume para su esposa que ya verán como lo pagan.

Y nosotros, pobres "Scrooge", por normas de convivencia o por cariño a los nuestros, vamos a soportar la cena soporífera, al cuñado borracho, al primo pequeño malcriado, al prima ninfómana, al amigo de la "hermandad del puño" y a todo el que haga falta.

Y haremos esto y todo lo que sea necesario para que nuestra madre o quien quiera que haya estado todo el día en la cocina o haya pasado horas en el centro buscando un jersey que odiarás, tenga una sonrisa perenne en el rostro al acabar la velada.

Porque eso es lo único que importa.

SULIS

Bizcocho de Chocolate

Bizcocho de Chocolate

Ahí va una receta fácil para bizcocho, que nos puede venir muy bien para celebraciones informales. La receta está pensada para unos seis comensales, pero claro, siempre los hay más golosos que repiten, así que lo mismo sólo te sirve para tres...

Las cantidades de algunos productos los doy en cucharadas, que es más fácil para mí que gramos.

Es imprescindible contar con una batidora y un horno, (no vale microondas), para esta receta. Así que si no contamos con ellos, mejor compramos una tarta si es que habíamos prometido a alguien preparar un bizcocho casero.

INGREDIENTES:

Tres Huevos

Dos Yogures Griegos, (valen marcas blancas)

21 cucharadas soperas de harina de trigo, (y un poco más para el molde)

10 cucharadas soperas de azúcar

10 cucharaditas de café de mantequilla, (y un poco más para el molde)

7 cucharadas soperas de cacao en polvo

1 sobre de levadura

1 tableta de chocolate para fundir o postre

 

PREPARACIÓN:

 

El vaso de la batidora mezclamos la mantequilla, los huevos, los yogures y el azúcar. Batimos bastante para evitar grumos y reservamos cuando la mezcla sea totalmente homogénea.

En un bol vamos tamizando la harina, con la ayuda de un colador. Es decir, que vamos a ir colando la harina y que esta caiga por los agujeritos del colador, así el bizcocho subirá más cuando se esté horneando. Este proceso lo hacemos también con la levadura y con el cacao en polvo. Sé que es una lata, pero lo que se prentende es evitar que nuestro bizcocho tenga grumos, así que no nos vamos a saltar este paso.

Una vez tamizados estos tres ingredientes, los movemos bien con una cuchara para homogeneizarlos. Luego, vamos a vertir en este mismo bol la mezcla de huevos, azúcar, etc que habíamos hecho el vaso de batidora y que habíamos reservado. Cogemos la batidora y volvemos a batir todo, esta vez dentro del bol, con cuidado de no salpicar. Un truco que tengo para no salpicar es no levantar mucho la batidora del fondo del bol mientras está en funcionamiento.

Es muy importante que sigamos batiendo y batiendo hasta que no haya grumos. Si tenemos la suerte de contar con un robot de cocina, (no es mi caso), claro está que nos ahorraremos toda esta paranoia de batir y batir hasta que se nos duerma el brazo, bastará con poner todo dentro del vaso del robot y mezclarlo. Si no es así, nos toca batir. La espera es larga, pero merece la pena. Esta mezcla nos debe quedar con una textura líquida, pero espesa.

Luego vamos a coger el molde para horno, (puede ser redondo o cuadrado, para gustos los colores; yo uso uno redondo), y lo engrasamos con mantequilla con la ayuda de papel de cocina, así iremos untando toda la pared interior del molde. Despues cogemos un poco de harina y la pasamos también por todo el interior del molde, y escurrimos el exceso en un papel de cocina. De este modo, el bizcocho no se pegará al molde.

A continuación, precalentamos el horno unos tres o cuatro minutos a 200º, y mientras vamos a pasar nuestra mezcla pre-bizcocho del bol al molde. Introducimos el molde en el horno y horneamos durante 30 minutos. Bueno, ese es el tiempo que tarda en mi horno. Tambíen puede ser que vuestro horno tarde más o menos. La prueba para saber si el bizcocho está cocido por dentro es usar un palillo de dientes o un pincho fino. Si este sale limpio es que nuestro bizcoho está y por tanto lo sacamos del horno.

Dejamos enfriar unos diez minutos antes de desmoldarlo. Una vez desmoldado, dejaremos que se termine de enfriar durante una hora a temperatura ambiente.

Transcurrido ese tiempo, fundimos la tableta de chocolate en un cazo con un poquito de agua, (menos de medio vasito pequeño). Es conveniente romper la tableta en trozos para que fundirla nos cueste menos trabajo. Reservamos el chocolate fundido, y con mucho cuidado, cortamos el bizcocho por la mitad transversalmente de modo que tengamos dos parte iguales. Cogemos el chocolate, y ponemos varias cucharadas en la superficie cortada de una de las dos partes del bizcocho, y con la ayuda de una espatula, extendemos el chocolate como si fuera mantequilla en una tostada. Luego, pegamos la otra parte encima del chocolate. De este modo nuestro bizcocho tendrá relleno.

Finalmente, cubrimos todo el bizcocho con el resto del chocolate fundido, y con la espatula lo vamos igualando por la superficie y por los lados.

Una vez hecho esto, metemos el bizcocho en el frigorífico y dejamos enfriar. Lo ideal es consumirlo al dia siguiente, pero tras unas cuatro horas, más o menos, ya podemos hincarle el diente, si que somos unos ansiosos.

SULIS.

Edinburgh: Where the bagpipe cries with mirth...

Europa está llena de ciudades de cuento, ciudades mágicas y sorprendentes. Cuidades donde las piedras hablan de amor y muerte, de hambre y de gloria, de todo lo que los seres humanos dejamos atrás cuando emprendemos el camino hacia la eternidad. En esas ciudades vagan los espíritus errantes de los que la habitaron hace siglos: no quieren irse, es su ciudad, son su calles y sus hogares. Allí nacieron, crecieron, se enamoraron, sufrieron, y murieron. Esos fantasmas nunca se irán porque reclaman un poquito de espacio entre las piedras que los vieron crecer.

 Edimburgo es una de esas ciudades de cuento que se te quedan en el corazón para los restos. Te embruja, y se te mete en las venas para no salir. Se queda ahí para siempre, y te la llevarás donde quiera que vayas. Es una ciudad de cuento: de cuento de terror. No en balde Escocia es la verdadera cuna de la fiesta de Halloween. Pero además Edimburgo fue testigo de sangrientos episodios que salpicaron la historia escocesa: pictos, escotos, anglosajones, católicos, protestantes, jacobitas... Todos ellos protagonizaron eternas batallas que regaron Edimburgo de sangre y fantasmas.

  

 Edimburgo posee una belleza siniestra, que viene dada por su orografía irregular y basáltica. Los geólogos indican que la actividad sísmica y volcánica fue especialmente violenta en la antigüedad, por ese motivo, nos llamará mucho la atención al principio las empinadas cuestas y los pedazos de montaña resquebrajada donde se asientan el Castillo o la sobrecogedora colina llamada "Arthur’s Seat" (silla del Rey Arturo), cuya vista es accesible desde todos los puntos de la ciudad. A juzgar por el enorme tamaño de la colina, el rey Arturo debió ser un titán.

 

 

  En la que tal vez sea la primera guía de viajes sobre la capital de Escocia, Robert L. Stevenson, (autor de "La Isla del Tesoro" y "Dr. Jekyll y Mr. Hyde" entre otras maravillas), nos relata diversas historias de terror con un fondo más que real, como la historia del infame Deacon Brodie, que a semejanza del inventor de la guillotina, tuvo el dudoso honor de ser ejecutado en la horca que él mismo había diseñado y construído.

Con historias así, es normal que al recorrer la "Auld Reekie" nos sintamos observados por cientos de fantasmas. Los hay por todas las calles y callejones que allí llaman "alleys" o "closes".  Si vas al Castillo o al "Holyrood Palace", te hablarán de fantasmas. Si bajas al "Mary King’s close" te hablarán de más fantasmas. Si pasas por el "Grass Market", (antiguo enclave de patíbulos), te hablaran de fantasmas. Y probablemente, si bebes un poco más whisky de la cuenta, mientras vuelves a tu hotel, la imaginación te jugará una mala pasada, y hablarás de que tú también viste un fantasma.

 Los edificios del casco antiguo son oscuros, estrechos y llamativamente altos. Esto da un toque pintoresco y sobrecogedor al ya de por sí ambiente tenebroso. El motivo que justifica esta verticalidad es la falta de espacio. Tras la Edad Media, la población de Edimburgo aumentó tanto, que no había lugar para construir casas nuevas, de modo que las casas se construían unas encima de otras.

  Esto tuvo consecuencias bastante drámaticas: los más ricos se instalaron en la parte más alta de los edificios, mientras que los pobres se vieron relegados a vivir entre la porquería orgánica e inorgánica que caía directamente a los suelos de las calles. Entre los años 1642 y 1645, un brote de peste bubónica azotó la ciudad, y como consecuencia de la tremenda insalubridad, miles de personas fallecieron. Uno de los enclaves que rememora esta tragedia es el "Mary King’s Close", (aquí los callejones se llaman "closes" o "alleys"). Allí fueron encerrados entre altos muros cientos de personas afectadas por la peste para impedir la propagación de la enfermedad. Resulta más que siniestra la recreación de la imagen del Dr. Rae, que decidió fabricarse una capa especial para impedir el contagio, y así poder atender a los desafortunados enfermos.

  El callejón de Mary King, con esta y otras historias de terror nos dejará mal cuerpo. Así que lo mejor para quitarse esta sensación de desasosiego es salir a la bulliciosa "Royal Mile" y pasear por ella. Esta, antaño calle principal de la ciudad, (ahora quiza es "Princess Street" un núcleo más neuralgico que la "Auld Reekie"), ofrece a los visitantes que la recorren de una punta a otra diversas tiendas de souvenirs y pubs típicos donde quitarnos un poco el susto del cuerpo comprando un "kilt" o bebiendo una "McEwan’s".

En la "Royal Mile" encontraremos diversos enclaves catalogados como Patrimonio de la Humanidad. En una punta está el "Holyrood Palace", actual sede de la corona británica, construído junto a una abadía gótica hoy en ruinas. En la parte opuesta está el conjunto de edificios que forman el Castillo de Edimburgo, junto a la explanada donde se celebra el vistoso festival de gaitas llamada "Military Tattoo".



 Y justo en el centro de la "Royal Mile" esta la catedral de St. Giles. Este templo no dista mucho en estilo y dimensiones de cualquier templo gótico europeo, pero nos puede parecer pequeña porque las escalinatas que le daban aspecto de grandeza, han desaparecido bajo el pavimento de la calle al ir creciendo la ciudad de forma vertical. Por dentro, lo más sobresaliente son sus vidrieras, todas ellas bastante actuales pero no por ello menos hermosas.

Del edificio del Castillo cabe destacar las esculturas que flanquean la puerta: William Wallace y el rey Robert "the Bruce" nos reciben como héroes de la independencia escocesa. Y una vez dentro no hay que perderse la capilla románica de St. Margaret, testigo de la historia de amor entre esta reina santa y su esposo. Al parecer la pobre señora no pudo vivir más de tres días tras saber que su esposo y su hijo mayor habían muerto en batalla. También en el castillo podemos visitar un bonito edificio que conmemora a los soldados escoceses fallecidos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, o una antigua prisión de la que era prácticamente imposible escapar. Como siempre más fantasmas y más tristeza. Y es que el Castillo de Edimburgo está lejos de la imagen de Castillo que tenemos de los cuentos de hadas.

 

 Pero Edimburgo también tiene su cara amable y alegre. Si subes al atardecer a "Calton Hill", (un inacabado proyecto de Acrópolis que le valió a la ciudad el sobrenombre de Atenas del Norte), puedes ver como al ponerse el sol, la colina del "Arthur’s Seat" adquiere tonos dorados y rojizos que la hacen parecer menos amenazadora y más cercana. En la parte más nueva de la ciudad vas a encontrar numerosas referencias a los escoceses más célebres, como el pináculo de Walter Scott. Tal vez por todas las dificultades que el pueblo escocés tuvo que atravesar en su historia, Edimburgo se convirtió en cuna u hogar de grandes escritores como Stevenson, Burns o el propio Scott y filósofos ilustres como Hume.


Y la gente allí es maravillosa. A diferencia de sus vecinos ingleses, los escoces son más amables con el visitante: recuerdo un conductor de autobús que no arrancó su vehículo hasta que se aseguró que yo había comprendido en que parada tenía que bajarme. En los pubs de "Rose Street", los camareros siempre te recomendarán cervezas o whiskies, mientras te relatan la historia de otro fantasma que vaga entre las paredes del pub... 

 

 

Y también están las tiendas de adornos navideños, que exponen sus vistosas mercancias en todas las estaciones del año, las librerías de segunda mano, y las fértiles llanuras que hasta en pleno verano exponen un hermoso color verde.

  En gastronomía, también los escoceses poseen mejores virtudes que sus vecinos: aunque la mayoría de los restaurantes centrícos ofrecen "fast food" y "fish ’n chips" como toda alternativa, hay recetas típicas que, si callejeas un poco, puedes degustar: El pastel de carne a base de ternera "Aberdeen Angus", las "roasted scallops" que no son más que vieiras a la plancha, los quesos, los pasteles y puddings... Dejo los "Huggis" para los más fuertes de estómago.

 Desgraciadamente, comer bien es caro y difícil en Edimburgo, aunque lo compensa el hecho de que hay maravillosas cervezas, (no os perdais la McEwan’s Ale), y mejores whiskies: los mejores del mundo.

En resumen, si vas a Edimburgo, tu espíritu se impregnará de fantasía y terror; de un hermoso e inquietante paisaje, de los lamentos de los que se fueron injustamentes acusados de brujas, herejes o conspiradores cuyas sombras vagan en la ciudad y se funden con las brumas del Mar del Norte; de la lluvia, de la niebla y del sol, que cuando se digna a salir, saca a la ciudad de su letargo nebuloso y la convierte en un lugar amable, acogedor y casi de cuento. Y para impregnarte de todo eso, lo mejor que puedes hacer es sentarte a escuchar a un gaitero de los muchos que te encontrarás, mientras entona "Scotland The Brave", y disfrutar de esa mezcla de nostalgia y alegría con que llora la piel de la gaita.

 

SULIS.

 

 

 

Pisto fácil y rápido

Pisto fácil y rápido

Bueno, hoy tenemos una recetita barata y fácil para no poner la excusa de no como verduras que es caro, difícil y lento de preparar.

Es cierto que el pisto tradicional lleva más tiempo y está más rico. Pero mi propuesta es más sencilla, y te permite preparar varias raciones que luego puedes congelar y usar cuando no sabes que hacerte y tienes prisa.

Los ingredientes que detallo aquí son para dos raciones, pero como siempre, multiplica los ingredientes según el número de raciones que quieras preparar.

INGREDIENTES: (2 PERSONAS O DOS RACIONES)

- 2 CALABACINES BLANCOS GRANDES O CUATRO SI SON PEQUEÑOS

- 6/7 TOMATES TIPO PERA O TIPO CANARIO, (PEQUEÑITOS Y MUY ROJOS)

- 1 PASTILLA DE CALDO DE VERDURAS

- 1 DIENTE DE AJO GRANDE O DOS PEQUEÑOS

- ACEITE DE OLIVA

- UN CHORRITO DE VINO BLANCO

- UNA PIZCA DE SAL

PREPARACIÓN:

Enjuagamos los calabacines y los tomates, así como el diente de ajo. Les quitamos la piel a todos y volvemos a enjuagarlos, (esto es importante, lavar bien la verdura, y quien haya tenido lombrices sabrá de que hablo).

Cortamos los calabacines y los tomates en dados lo más pequeño posible, así a la hora de machacar nos costará menos esfuerzo. A los tomates es conveniente quitarle las partes duras centrales, (sólo las duras), y las pepitas. Los calabacines tienen unas pepitas centrales, pero yo las conservo porque se deshacen totalmente en el pisto y no dan amargor a los guisos, como pasa con las pepitas del tomate.

El diente de ajo lo cortamos primero por la mitad y le quitamos el apéndice central verdoso, así evitamos que se nos repita el guiso. Cortamos el ajo en trocitos muy pequeños, y lo salteamos en una sartén con dos cucharadas de aceite caliente a fuego medio.

Cuando el ajo este lacio, es decir casi transparente, añadimos los calabacines. Los salteamos ligeramente, y añadimos el tomate. Es importante que ni el ajo ni los calabacines se quemen o tueste demasiado antes de añadir el tomate, si no el sabor va a ser ligeramente amargo.

Seguimos salteando todo en la sartén durante un par de minutos, siempre a fuego medio, y añadimos la pastilla de caldo de verduras, bien desmigada.

Golpeamos la verdura con una cuchara o paleta de madera hasta que se vaya deshaciendo y convirtiéndose en una especie de papilla, pero sin que llegue a serlo, y añadimos el chorro de vino blanco mientras lo hacemos.

Bajamos el fuego al mínimo, y dejamos que el pisto se termine de cocinar lentamente, pero removiendo y golpeando de vez en cuando. (Es en este momento que podemos aprovechar para fregar los cacharros del desayuno, o para prepararnos una ensalada, el tiempo es oro en la cocina)

Añadimos la sal unos diez-doce minutos después de añadir el vino, removemos un poco más y ya se puede servir.

El pisto puede servirnos para guarnición de carne o pescado, o también puede ser un buen plato principal acompañado de un huevo que podemos  cocer en el mismo pisto tras agregar el vino. Si vamos a agregar un huevo, mi consejo es arrinconar el pisto en un lado de la sartén y dejar un hueco para que el huevo se haga directamente en la placa de la sartén,

Si lo vamos a congelar, es mejor ponerlo en el "tupper", y dejar que se enfríe a temperatura ambiente antes de meterlo en el congelador.

Una última reflexión: mi madre me mataría si supiera que sustituyo la mitad de las verduras del pisto por una pastilla de caldo, pero nosotros "los independizados" con poco tiempo y menos experiencia, tenemos que buscar soluciones rápidas, económicas y sabrosas si puede ser.

Si alguna vez tenéis tiempo, podéis ademas de calabacines y tomates, usar pimientos rojos y verdes además de cebolla, para preparar un pisto tradicional. Eso sí, ten en cuenta que si usas pimientos y cebollas, estos debes freirlos antes que el tomate y el calabacín porque son más duros y tardan más en deshacerse.

 

SULIS.

Praga: un cuento de hadas a escala humana

 

Si habéis ido a Praga, tendréis que estar de acuerdo conmigo: es una ciudad bonita a rabiar!!! 

 

 Si no habéis ido, no sé a que esperáis. Hay paquetes muy baratos en agencias que incluyen vuelo más hotel, y merece la pena pasar como mínimo tres días; aunque si podéis estar más tiempo, mejor que mejor. Hay que aprovechar que la República Checa es euro-escéptica, y los precios de allí son algo más asequibles para el bolsillo del “recién independizado”.En esta ciudad los fans de poner fotos en tuenti, facebook o twitter, (yo los llamo "picture-hunters"), lo van a flipar en colores, porque cada rinconcito ofrece una foto inolvidable.

  

  Lo primero que llama la atención son las construcciones y edificios: en el casco antiguo predominan las casitas con fachadas de colores y los tejados oscuros de torres e iglesias. De entre todas las edificaciones destacan Santa María del Tyn, que es una iglesia de estilo gótico centroeuropeo. A mí siempre me recuerda a un castillo tenebroso de cuento de hadas, donde lo mismo te puedes encontrar a la bella durmiente que al conde drácula. Decepciona un poco cuando ves que el interior no es de estilo medieval sino barroco. Pero ver el atardecer en la "Stare Mesto" (Plaza de la ciudad vieja) con las agujas de Santa María del Tyn es toda una experiencia.

 

 En esta misma plaza, podemos visitar la famosa Torre del Reloj Astronómico con sus famosos y tétricos autómatas, que esta situada en el maltrecho edificio del Ayuntamiento, testigo mudo de la Segunda Guerra Mundial, ya que sólo entonces dejó de sonar.

  El ayuntamiento fue incendiado en 1945, dañando seriamente la Torre del Reloj, que fue posteriormente reparado. Peor suerte corrió el edificio del Ayuntamiento, cuya fachada está literalmente cortada por la mitad.

  

 

Sin salir de la Stare Mesto, no hay que pederse el mercadillo turístico con tenderetes de sabor medieval, los cafés con terracitas en la calle, que por dentro son casas de estilo románico, las bandas de música de jazz que tocan al aire libre, (hay una muy curiosas cuyos integrantes son todos jubilados muy marchosos), y por supuesto, hay que hacerse una foto con el gran héroe Jan Hus, quemado por hereje, acusado del inaudito crimen de predicar en lengua checa en lugar de hacerlo en Latín. 

Como es lógico, querremos visitar la catedral y el castillo, y para hacerlo lo mejor es cruzar desde el barrio judío hasta el barrio del castillo por el puente de Carlos, un puente de piedra que fue construido entre los siglos XV y XVI. Este puente, durante la noche da escalofríos al contemplar las miradas de sus treinta estatuas de piedra, todas ellas alegorías de santos.

 

 

 Pero de día es un hervidero de turistas que inmortalizan con sus cámaras este gran salto de piedra que atraviesa el río Moldava, y de artistas y artesanos que tratan de sobrevivir a expensas de los visitantes, lo que hace del puente un lugar todavía más pintoresco y amable a la luz del día.

 

 

  Tras cruzar el puente llegamos a Mala Strana, un barrio donde la mayoría de la élite praguense construyó sus palacios rodeados de jardines y parques, que son como una colección de Versalles en miniatura además de un remanso de paz. También hay calles con canales como en Venecia

 

 

 Ascendiendo por Mala Strana, y subiendo por empinadas escaleritas, se llega al barrio del Castillo, (Hradcany), que es un conjunto de edificios donde se mezclan todos los estilos arquitéctonicos posibles en Europa: podemos ver Románico en la Iglesia de San Jorge y el interior de la Catedral de San Vito, aunque esta es mayoritariamente de estilo Gótico. Dentro del complejo del castillo podemos ver el Museo de Arte barroco y Manierista, y finalmente, la mayoría de los edificios civilies, (donde se sitúa el Consejo de Gobierno Checo), son renacentistas y neoclásicos. Sólo si descendemos a los subterráneos de la Catedral y del Castillo podremos ver los muros originales que datan del siglo IX. Esta amalgama de estilos y construcciones son un mosaico que representan la convulsa historia de Praga y los enfrentamientos y sucesión de culturas, que la marcaron para siempre, como las famosas "desfenestraciones".

 

 

 No podemos salir del Barrio del Castillo sin visitar el Callejón de Oro, un conjunto de caprichosas y coloridas casitas para hobbits, donde el techo roza las cabezas de los visitantes. Se dice que estas casitas fueron habitadas por los soldados que protegían el castillo durante el siglo XVI. Luego fueron habitadas por alquimistas y orfebres, (de ahí su nombre), y en el siglo XX, en una de estas casitas se alojó durante dos años el escritor de "La Metamorfosis", Franz Kafka.

  

 

Volviendo a cruzar el Puente de Carlos, y antes de sumergirnos en la Stare Mesto, podemos visitar el barrio judío, (Josefov) y sus seis sinagogas, de entre las que destaco la Sinagoga Española, antigua sede de los sefarditas praguenses, que es como una miniatura de la Mezquita de Córdoba.

 

 

 Tampoco hay que dejar de visitar la Sinagoga Pinkas y su emotivo recuerdo del Holocausto judío, y al salir de esta, el cementerio judío, donde podemos ver estelas de tumbas, algunas de ellas datan de finales de la Edad Media. Entre las distintas tumbas, anárquicamente amontadas, está la del famoso rabino Low, al cual le atribuyen la creación del fantasmagórico Golem. Se dice que si escribes un deseo en un pedazo de papel y lo dejas bajo una piedra en la tumba del rabino Löw, este te lo concederá.

 

 

 De vuelta al casco antiguo, podemos seguir "cazando fotos" de las fachadas medievales o de aquellas que representan el decadente "art noveau", que hoy albergan lujosas y exclusivas tiendas. En la Calle Paris, y también por todo el barrio viejo, hay numerosas tiendas donde podemos comprar marionetas, cristal de Bohemia y joyas con granates. Estas últimas adquisiciones son para los más pudientes claro, pero si escrutas mucho entre tiendas, tenderetes de calle y mercadillos, puedes traerte un montón de souvenirs a buen precio.

 

 Recomiendo hacer un par visitas más por esta parte de la ciudad: al museo de Alfons Mucha, (que inmortalizó a Sara Bernhardt en hermosos carteles modernistas), al teatro de las marionetas, donde unas marionetas de tamaño descomunal hacen una original versión de la opera "Don Giovanni", de Mozart.


 

Si quieres ver espectáculos de cualquier tipo, Praga es definitivamente, tu ciudad. Puedes disfrutar de óperas clásicas, (yo tuve la suerte de disfrutar de "La Traviata", de Verdi en la Opera y del "Requiem" de Mozart en la Casa Municipal) y de espectáculos más modernos y fascinantes en innumerables locales como el Teatro Negro. Y los precios de las entradas son más que asequibles. Yo pagué algo así como veinte euros por un palco en la bellísima Opera.

 

 

Y para comer, Praga ofrece una amplia y económica variedad: hay tenderetes donde se pueden saborear enormes y sabrosas salchichas, (“klobasas” creo que se llamaban), con mostaza y pan por menos de un euro. También en esos tenderetes hay unos sabrosos sandwiches de queso frito y rebozado, así como hamburguesas y otras exquisiteces para los amantes de la comida rápida o para los que tenemos que "amarla" porque no hay otra.



 

Si te quieres y puedes estirar, hay buenos restaurantes, algunos a precios muy asequibles: en el restaurante "Mucha” disfrutamos de una cena para dos por unos veinte euros, que incluía ensalada de gambas, “goulash” para dos, (un delicioso estofado de origen húngaro), vino y postre. Este sitio además es recomendable por su estética modernista y la agradable música de fondo. En Praga se pueden degustar guisos caseros y y excelentes sopas de verdura para los más clásicos, así como de carnes de caza y filetones para los ansiosos.



 Praga es la ciudad de la cerveza, la famosa Pilsner Urquell estuvo presente en todo mi viaje. La cerveza allí suele tener menos graduación que en España, así que puedes beber hasta hartarte sin pillar una borrachera descomunal. Y no hay que olvidar la repostería: tartas caseras, de frutas, de chocolate, de frutos secos... Es para perder la cabeza. Me faltan palabras para describir esos pequeños pedazos de placer.

 


 Y no hay que olvidar la repostería: tartas caseras, de frutas, de chocolate, de frutos secos... Es para perder la cabeza. Me faltan palabras para describir esos pequeños pedazos de placer.


 Pero Praga no es solo todo esto. Es un regusto agridulce que combina "art noveau" con recuerdos del comunismo. Praga ofrece parques pacíficos y acogedores, cercanos al bullicio del puente de Carlos y otros rincones turísticos. En Praga puedes encontrar lugares de peregrinación tan raros como una casa que dicen que perteneció a la Virgen María, un Niño Jesús de cera, y un muro dedicado a John Lennon. Hay cosas tan asombrosas como un castillo y una catedral fuera del Casco Antiguo.


Pero tras la amable cara de fachadas coloreadas, se esconde una historia triste, donde los enfrentamientos han sido constantes, y la sangre terminaba llegando al Moldava. Todo culminó tras la caída del Muro de Berlín, y ahora Praga vuelve a recuperar el cosmopolitismo y la gloria de antaño, como cuando Mozart decidió estrenar Don Giovanni en Praga para regocijo de sus habitantes.

Por las noches, Praga se llena de fantasmas que lloran por todas las desgracias que ha presenciado en más de mil cuatrocientos años de historia. De día se levanta al ritmo de la música clásica o del jazz y recibe a sus visitantes, (como una buena y hospitalaria ama de casa), con un café humeante y un trozo de tarta de almendras.

 SULIS. 

 

 

 

 

Flan Casero

Flan Casero

UN PAR DE CONSEJOS ANTES DE EMPEZAR:

Es importante disponer de un molde o varios moldes pequeños aptos para horno. Personalmente, yo uso un molde para lasaña de barro cocido porque me va bien para las cantidades que preparo. Recomiendo prepararlo en un sólo de molde de barro o arcilla porque es más fácil a la hora de manipularlo. Pero también hay moldes pequeños donde queda bastante bonito el resultado. En este aspecto, ya cada uno que elija lo que prefiera.

Para calcular los ingredientes hay que tener en cuenta las siguientes medidas:

Por cada comensal necesitaremos un huevo, 150 ml. de leche y dos cucharadas y media soperas de azúcar. Así que calcula cuanta gente van a comer flan, y multiplica. Hay que ser muy escrupuloso con las cantidades porque en repostería, si ponemos un poco más o menos de algo, lo terminamos lamentando.

Por último, hay que disponer de caramelo líquido. Si no tenemos, lo podemos preparar, e incluyo al final un consejillo para hacerlo, aunque recomiendo ampliamente el uso de caramelo líquido ya preparado, porque es difícil coger el punto al caramelo, y podemos ensuciar muchas cosas para preparar un poquito de caramelo.

INGREDIENTES (PARA DOS PERSONAS, MULTIPLICA CANTIDADES SEGÚN Nº DE COMENSALES):

- 2 Huevos grandes

- 300 ml de leche

- Cinco cucharadas soperas de azúcar

- Caramelo Líquido

PREPARACIÓN:

En el vaso de batidora mezclamos los huevos con el azúcar hasta que la masa tenga un color amarillento y clarito. En ese momento agregamos la leche, y volvemos a batir hasta que la mezcla sea homogenea. Reservamos.

Ponemos el caramelo líquido en un molde o moldes procurando no poner demasiado ni tampoco escasear. Yo lo que hago es poner un chorro del tamaño de una moneda de dos libras esterlinas, (un poco mayor que la de dos euros), en el centro del molde. Luego lo extiendo con un cuchillo de untar para impregna el molde. Si usamos muchos moldes pequeños poner solo un chorrito en cada molde y expandirlo.

Vertemos la mezcla de huevos, leche y azúcar en el molde, por encima del caramelo. Precalentamos el horno a 200º grados y metemos nuestro molde dentro. Durante veinte minutos lo mantendremos, a temperatura constante, horneándose. En ese tiempo, observarás como el caramelo sube a la superficie y se mezcla con el flan, lo que le da ese sabor tan especial al flan casero. En los flanes industriales, el caramelo esta sólo al final, y por eso el sabor es más artificial.

Ojo con el tiempo del horno: yo lo pongo veinte minutos porque uso solo dos huevos y hago un flan para dos. Si usamos un molde grande, para cinco o seis huevos, te puedes tirar una hora horneando, porque antes no estará listo.

Si usamos moldes pequeños, habra que estar pendientes porque se preparan muy rápidamente al ser cantidades pequeñas en cada molde.

La prueba definitiva para saber si el flan está o no, es pincharlo con un pincho o palillo de dientes: si sale limpio es que el flan ya esta. Si tiene restos de flan, habrá que esperar un poco más.

Antes de retirarlo del horno, yo personalmente gratino la superficie del flan uno o dos minutos, (ojo que no se queme), para que la superficie esté ligeramente crujiente. Este paso lo podéis omitir si no tenéis gratinador en el horno. Es simplemente un toque personal.

Finalmente retiramos del horno, y dejamos enfriar unos diez minutos antes de ponerlo en el frigorífico.

Hay que dejar enfriar como mínimo cuatro horas antes de consumir.

 

Para desmoldar, pasar un cuchillo por los bordes y separar con cuidado del molde. Se puede servir acompañado de nata.

 

TRUCO PARA EL CARAMELO LÍQUIDO:

En este link tenéis el mejor modo que he encontrado para preparar el caramelo cuando no tengamos caramelo ya preparado:

http://www.mis-recetas.org/trucos/mostrar/24-como-hacer-caramelo-liquido

Aunque si queréis complicaros, recomiendo el uso de caramelo industrial porque el resultado apenas es distinto del caramelo casero y nos evitamos fregar un monton de cosas, aparte de quemarnos mientras lo hacemos.

SULIS.

Lo que siempre debe haber en nuestra cocina...(II)

¿Qué más cosas no nos pueden faltar? Seguimos con la lista que empecé el otro día para que nuestra cocina no sea de esas donde los ratones piden limosnas, pero tampoco que esté llena de cosas que no usamos y se pudren.

- Pasta: ya sean macarrones, lacitos, tallarines, da igual. La pasta es barata, sana, no se estropea con facilidad y tiene múltiples utilidades. Como iréis viendo, muchas recetas que colgaré incluyen la pasta. Además también puede servirnos de guarnición para un filete de carne o pescado: es más dietética que las patatas fritas y más original.

- Pan de Molde: es esto estamos todos de acuerdo, si tenemos pan de molde y queso en lonchas y/o jamón de york o salami o lo que sea, tenemos algo para cenar. Si además tenemos sandwichera, hemos triunfado. Y si no siempre podemos usar una sartén con un poco de aceite y preparar un sandwich. Además, con el pan de molde, podemos elaborar más cosas, (ya os diré como), como pizzas inventadas, pasteles vegetales o canapés. Eso sí, el pan de molde no es de larga duración, así que hay comérselo prontito si no quieres llevarte sorpresas desagradables como es encontrarte el pan lleno de moho.

- Pimienta negra molida: pero sin abusar. La pimienta potencia el sabor de cualquier plato o zumo de verduras, pero sin pasarnos que podemos cargarnos un plato que nos haya costado tiempo y dinero. Como es poco probable que tengamos molinillo, lo mejor es comprarla molida, aunque si tenemos un molinillo de pimienta vamos a comprarla en grano, que mola más: quedá como muy profesional ponerse a moler la pimienta y dejarla caer suavemente sobre el filete.

- Sopa de tetra brick: es indispensable sobre todo en invierno. Preparar un buen caldo puede ser costoso y lleva mucho tiempo, aunque el resultado sea mejor que el del tetra brick. Pero esta alternativa es mucho mejor que la clásica sopa de sobre y más rica y no tan cara y trabajasa como preparar un puchero. Un brick nos puede durar tres o a lo sumo cuatro días después de abrirlo. Pero es que en las noches de invierno vamos a querer una taza casi todas las noches, así que no tiramos el dinero con esta adquisición. Además, el caldo del tetra brick nos puede servir para preparar cositas. Ya veremos como.

- Té: ya sea negro, rojo o verde. Es algo que dura mucho tiempo sin estropearse y se puede ofrecer a las visitas como alternativa sana al café o a los refrescos. Existen múltiples variedades de té, así que la elección os la dejo a vuestra preferencia. Lo mejor es tener cajitas metálicas para guardarlo, así no pierden el aroma ni el sabor, y por supuesto que no sea de bolsita, sino a granel, que a la larga sale más barato y tiene mucho mejor sabor que el té envasado. En invierno siempre sienta bien un té calentito, y en invierno lo podemos enfriar con hielo, lo que resulta muy refrescante.

 SULIS.