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Guia basica para recien independizados

Praga: un cuento de hadas a escala humana

 

Si habéis ido a Praga, tendréis que estar de acuerdo conmigo: es una ciudad bonita a rabiar!!! 

 

 Si no habéis ido, no sé a que esperáis. Hay paquetes muy baratos en agencias que incluyen vuelo más hotel, y merece la pena pasar como mínimo tres días; aunque si podéis estar más tiempo, mejor que mejor. Hay que aprovechar que la República Checa es euro-escéptica, y los precios de allí son algo más asequibles para el bolsillo del “recién independizado”.En esta ciudad los fans de poner fotos en tuenti, facebook o twitter, (yo los llamo "picture-hunters"), lo van a flipar en colores, porque cada rinconcito ofrece una foto inolvidable.

  

  Lo primero que llama la atención son las construcciones y edificios: en el casco antiguo predominan las casitas con fachadas de colores y los tejados oscuros de torres e iglesias. De entre todas las edificaciones destacan Santa María del Tyn, que es una iglesia de estilo gótico centroeuropeo. A mí siempre me recuerda a un castillo tenebroso de cuento de hadas, donde lo mismo te puedes encontrar a la bella durmiente que al conde drácula. Decepciona un poco cuando ves que el interior no es de estilo medieval sino barroco. Pero ver el atardecer en la "Stare Mesto" (Plaza de la ciudad vieja) con las agujas de Santa María del Tyn es toda una experiencia.

 

 En esta misma plaza, podemos visitar la famosa Torre del Reloj Astronómico con sus famosos y tétricos autómatas, que esta situada en el maltrecho edificio del Ayuntamiento, testigo mudo de la Segunda Guerra Mundial, ya que sólo entonces dejó de sonar.

  El ayuntamiento fue incendiado en 1945, dañando seriamente la Torre del Reloj, que fue posteriormente reparado. Peor suerte corrió el edificio del Ayuntamiento, cuya fachada está literalmente cortada por la mitad.

  

 

Sin salir de la Stare Mesto, no hay que pederse el mercadillo turístico con tenderetes de sabor medieval, los cafés con terracitas en la calle, que por dentro son casas de estilo románico, las bandas de música de jazz que tocan al aire libre, (hay una muy curiosas cuyos integrantes son todos jubilados muy marchosos), y por supuesto, hay que hacerse una foto con el gran héroe Jan Hus, quemado por hereje, acusado del inaudito crimen de predicar en lengua checa en lugar de hacerlo en Latín. 

Como es lógico, querremos visitar la catedral y el castillo, y para hacerlo lo mejor es cruzar desde el barrio judío hasta el barrio del castillo por el puente de Carlos, un puente de piedra que fue construido entre los siglos XV y XVI. Este puente, durante la noche da escalofríos al contemplar las miradas de sus treinta estatuas de piedra, todas ellas alegorías de santos.

 

 

 Pero de día es un hervidero de turistas que inmortalizan con sus cámaras este gran salto de piedra que atraviesa el río Moldava, y de artistas y artesanos que tratan de sobrevivir a expensas de los visitantes, lo que hace del puente un lugar todavía más pintoresco y amable a la luz del día.

 

 

  Tras cruzar el puente llegamos a Mala Strana, un barrio donde la mayoría de la élite praguense construyó sus palacios rodeados de jardines y parques, que son como una colección de Versalles en miniatura además de un remanso de paz. También hay calles con canales como en Venecia

 

 

 Ascendiendo por Mala Strana, y subiendo por empinadas escaleritas, se llega al barrio del Castillo, (Hradcany), que es un conjunto de edificios donde se mezclan todos los estilos arquitéctonicos posibles en Europa: podemos ver Románico en la Iglesia de San Jorge y el interior de la Catedral de San Vito, aunque esta es mayoritariamente de estilo Gótico. Dentro del complejo del castillo podemos ver el Museo de Arte barroco y Manierista, y finalmente, la mayoría de los edificios civilies, (donde se sitúa el Consejo de Gobierno Checo), son renacentistas y neoclásicos. Sólo si descendemos a los subterráneos de la Catedral y del Castillo podremos ver los muros originales que datan del siglo IX. Esta amalgama de estilos y construcciones son un mosaico que representan la convulsa historia de Praga y los enfrentamientos y sucesión de culturas, que la marcaron para siempre, como las famosas "desfenestraciones".

 

 

 No podemos salir del Barrio del Castillo sin visitar el Callejón de Oro, un conjunto de caprichosas y coloridas casitas para hobbits, donde el techo roza las cabezas de los visitantes. Se dice que estas casitas fueron habitadas por los soldados que protegían el castillo durante el siglo XVI. Luego fueron habitadas por alquimistas y orfebres, (de ahí su nombre), y en el siglo XX, en una de estas casitas se alojó durante dos años el escritor de "La Metamorfosis", Franz Kafka.

  

 

Volviendo a cruzar el Puente de Carlos, y antes de sumergirnos en la Stare Mesto, podemos visitar el barrio judío, (Josefov) y sus seis sinagogas, de entre las que destaco la Sinagoga Española, antigua sede de los sefarditas praguenses, que es como una miniatura de la Mezquita de Córdoba.

 

 

 Tampoco hay que dejar de visitar la Sinagoga Pinkas y su emotivo recuerdo del Holocausto judío, y al salir de esta, el cementerio judío, donde podemos ver estelas de tumbas, algunas de ellas datan de finales de la Edad Media. Entre las distintas tumbas, anárquicamente amontadas, está la del famoso rabino Low, al cual le atribuyen la creación del fantasmagórico Golem. Se dice que si escribes un deseo en un pedazo de papel y lo dejas bajo una piedra en la tumba del rabino Löw, este te lo concederá.

 

 

 De vuelta al casco antiguo, podemos seguir "cazando fotos" de las fachadas medievales o de aquellas que representan el decadente "art noveau", que hoy albergan lujosas y exclusivas tiendas. En la Calle Paris, y también por todo el barrio viejo, hay numerosas tiendas donde podemos comprar marionetas, cristal de Bohemia y joyas con granates. Estas últimas adquisiciones son para los más pudientes claro, pero si escrutas mucho entre tiendas, tenderetes de calle y mercadillos, puedes traerte un montón de souvenirs a buen precio.

 

 Recomiendo hacer un par visitas más por esta parte de la ciudad: al museo de Alfons Mucha, (que inmortalizó a Sara Bernhardt en hermosos carteles modernistas), al teatro de las marionetas, donde unas marionetas de tamaño descomunal hacen una original versión de la opera "Don Giovanni", de Mozart.


 

Si quieres ver espectáculos de cualquier tipo, Praga es definitivamente, tu ciudad. Puedes disfrutar de óperas clásicas, (yo tuve la suerte de disfrutar de "La Traviata", de Verdi en la Opera y del "Requiem" de Mozart en la Casa Municipal) y de espectáculos más modernos y fascinantes en innumerables locales como el Teatro Negro. Y los precios de las entradas son más que asequibles. Yo pagué algo así como veinte euros por un palco en la bellísima Opera.

 

 

Y para comer, Praga ofrece una amplia y económica variedad: hay tenderetes donde se pueden saborear enormes y sabrosas salchichas, (“klobasas” creo que se llamaban), con mostaza y pan por menos de un euro. También en esos tenderetes hay unos sabrosos sandwiches de queso frito y rebozado, así como hamburguesas y otras exquisiteces para los amantes de la comida rápida o para los que tenemos que "amarla" porque no hay otra.



 

Si te quieres y puedes estirar, hay buenos restaurantes, algunos a precios muy asequibles: en el restaurante "Mucha” disfrutamos de una cena para dos por unos veinte euros, que incluía ensalada de gambas, “goulash” para dos, (un delicioso estofado de origen húngaro), vino y postre. Este sitio además es recomendable por su estética modernista y la agradable música de fondo. En Praga se pueden degustar guisos caseros y y excelentes sopas de verdura para los más clásicos, así como de carnes de caza y filetones para los ansiosos.



 Praga es la ciudad de la cerveza, la famosa Pilsner Urquell estuvo presente en todo mi viaje. La cerveza allí suele tener menos graduación que en España, así que puedes beber hasta hartarte sin pillar una borrachera descomunal. Y no hay que olvidar la repostería: tartas caseras, de frutas, de chocolate, de frutos secos... Es para perder la cabeza. Me faltan palabras para describir esos pequeños pedazos de placer.

 


 Y no hay que olvidar la repostería: tartas caseras, de frutas, de chocolate, de frutos secos... Es para perder la cabeza. Me faltan palabras para describir esos pequeños pedazos de placer.


 Pero Praga no es solo todo esto. Es un regusto agridulce que combina "art noveau" con recuerdos del comunismo. Praga ofrece parques pacíficos y acogedores, cercanos al bullicio del puente de Carlos y otros rincones turísticos. En Praga puedes encontrar lugares de peregrinación tan raros como una casa que dicen que perteneció a la Virgen María, un Niño Jesús de cera, y un muro dedicado a John Lennon. Hay cosas tan asombrosas como un castillo y una catedral fuera del Casco Antiguo.


Pero tras la amable cara de fachadas coloreadas, se esconde una historia triste, donde los enfrentamientos han sido constantes, y la sangre terminaba llegando al Moldava. Todo culminó tras la caída del Muro de Berlín, y ahora Praga vuelve a recuperar el cosmopolitismo y la gloria de antaño, como cuando Mozart decidió estrenar Don Giovanni en Praga para regocijo de sus habitantes.

Por las noches, Praga se llena de fantasmas que lloran por todas las desgracias que ha presenciado en más de mil cuatrocientos años de historia. De día se levanta al ritmo de la música clásica o del jazz y recibe a sus visitantes, (como una buena y hospitalaria ama de casa), con un café humeante y un trozo de tarta de almendras.

 SULIS. 

 

 

 

 

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