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Guia basica para recien independizados

Viajes

Edinburgh: Where the bagpipe cries with mirth...

Europa está llena de ciudades de cuento, ciudades mágicas y sorprendentes. Cuidades donde las piedras hablan de amor y muerte, de hambre y de gloria, de todo lo que los seres humanos dejamos atrás cuando emprendemos el camino hacia la eternidad. En esas ciudades vagan los espíritus errantes de los que la habitaron hace siglos: no quieren irse, es su ciudad, son su calles y sus hogares. Allí nacieron, crecieron, se enamoraron, sufrieron, y murieron. Esos fantasmas nunca se irán porque reclaman un poquito de espacio entre las piedras que los vieron crecer.

 Edimburgo es una de esas ciudades de cuento que se te quedan en el corazón para los restos. Te embruja, y se te mete en las venas para no salir. Se queda ahí para siempre, y te la llevarás donde quiera que vayas. Es una ciudad de cuento: de cuento de terror. No en balde Escocia es la verdadera cuna de la fiesta de Halloween. Pero además Edimburgo fue testigo de sangrientos episodios que salpicaron la historia escocesa: pictos, escotos, anglosajones, católicos, protestantes, jacobitas... Todos ellos protagonizaron eternas batallas que regaron Edimburgo de sangre y fantasmas.

  

 Edimburgo posee una belleza siniestra, que viene dada por su orografía irregular y basáltica. Los geólogos indican que la actividad sísmica y volcánica fue especialmente violenta en la antigüedad, por ese motivo, nos llamará mucho la atención al principio las empinadas cuestas y los pedazos de montaña resquebrajada donde se asientan el Castillo o la sobrecogedora colina llamada "Arthur’s Seat" (silla del Rey Arturo), cuya vista es accesible desde todos los puntos de la ciudad. A juzgar por el enorme tamaño de la colina, el rey Arturo debió ser un titán.

 

 

  En la que tal vez sea la primera guía de viajes sobre la capital de Escocia, Robert L. Stevenson, (autor de "La Isla del Tesoro" y "Dr. Jekyll y Mr. Hyde" entre otras maravillas), nos relata diversas historias de terror con un fondo más que real, como la historia del infame Deacon Brodie, que a semejanza del inventor de la guillotina, tuvo el dudoso honor de ser ejecutado en la horca que él mismo había diseñado y construído.

Con historias así, es normal que al recorrer la "Auld Reekie" nos sintamos observados por cientos de fantasmas. Los hay por todas las calles y callejones que allí llaman "alleys" o "closes".  Si vas al Castillo o al "Holyrood Palace", te hablarán de fantasmas. Si bajas al "Mary King’s close" te hablarán de más fantasmas. Si pasas por el "Grass Market", (antiguo enclave de patíbulos), te hablaran de fantasmas. Y probablemente, si bebes un poco más whisky de la cuenta, mientras vuelves a tu hotel, la imaginación te jugará una mala pasada, y hablarás de que tú también viste un fantasma.

 Los edificios del casco antiguo son oscuros, estrechos y llamativamente altos. Esto da un toque pintoresco y sobrecogedor al ya de por sí ambiente tenebroso. El motivo que justifica esta verticalidad es la falta de espacio. Tras la Edad Media, la población de Edimburgo aumentó tanto, que no había lugar para construir casas nuevas, de modo que las casas se construían unas encima de otras.

  Esto tuvo consecuencias bastante drámaticas: los más ricos se instalaron en la parte más alta de los edificios, mientras que los pobres se vieron relegados a vivir entre la porquería orgánica e inorgánica que caía directamente a los suelos de las calles. Entre los años 1642 y 1645, un brote de peste bubónica azotó la ciudad, y como consecuencia de la tremenda insalubridad, miles de personas fallecieron. Uno de los enclaves que rememora esta tragedia es el "Mary King’s Close", (aquí los callejones se llaman "closes" o "alleys"). Allí fueron encerrados entre altos muros cientos de personas afectadas por la peste para impedir la propagación de la enfermedad. Resulta más que siniestra la recreación de la imagen del Dr. Rae, que decidió fabricarse una capa especial para impedir el contagio, y así poder atender a los desafortunados enfermos.

  El callejón de Mary King, con esta y otras historias de terror nos dejará mal cuerpo. Así que lo mejor para quitarse esta sensación de desasosiego es salir a la bulliciosa "Royal Mile" y pasear por ella. Esta, antaño calle principal de la ciudad, (ahora quiza es "Princess Street" un núcleo más neuralgico que la "Auld Reekie"), ofrece a los visitantes que la recorren de una punta a otra diversas tiendas de souvenirs y pubs típicos donde quitarnos un poco el susto del cuerpo comprando un "kilt" o bebiendo una "McEwan’s".

En la "Royal Mile" encontraremos diversos enclaves catalogados como Patrimonio de la Humanidad. En una punta está el "Holyrood Palace", actual sede de la corona británica, construído junto a una abadía gótica hoy en ruinas. En la parte opuesta está el conjunto de edificios que forman el Castillo de Edimburgo, junto a la explanada donde se celebra el vistoso festival de gaitas llamada "Military Tattoo".



 Y justo en el centro de la "Royal Mile" esta la catedral de St. Giles. Este templo no dista mucho en estilo y dimensiones de cualquier templo gótico europeo, pero nos puede parecer pequeña porque las escalinatas que le daban aspecto de grandeza, han desaparecido bajo el pavimento de la calle al ir creciendo la ciudad de forma vertical. Por dentro, lo más sobresaliente son sus vidrieras, todas ellas bastante actuales pero no por ello menos hermosas.

Del edificio del Castillo cabe destacar las esculturas que flanquean la puerta: William Wallace y el rey Robert "the Bruce" nos reciben como héroes de la independencia escocesa. Y una vez dentro no hay que perderse la capilla románica de St. Margaret, testigo de la historia de amor entre esta reina santa y su esposo. Al parecer la pobre señora no pudo vivir más de tres días tras saber que su esposo y su hijo mayor habían muerto en batalla. También en el castillo podemos visitar un bonito edificio que conmemora a los soldados escoceses fallecidos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, o una antigua prisión de la que era prácticamente imposible escapar. Como siempre más fantasmas y más tristeza. Y es que el Castillo de Edimburgo está lejos de la imagen de Castillo que tenemos de los cuentos de hadas.

 

 Pero Edimburgo también tiene su cara amable y alegre. Si subes al atardecer a "Calton Hill", (un inacabado proyecto de Acrópolis que le valió a la ciudad el sobrenombre de Atenas del Norte), puedes ver como al ponerse el sol, la colina del "Arthur’s Seat" adquiere tonos dorados y rojizos que la hacen parecer menos amenazadora y más cercana. En la parte más nueva de la ciudad vas a encontrar numerosas referencias a los escoceses más célebres, como el pináculo de Walter Scott. Tal vez por todas las dificultades que el pueblo escocés tuvo que atravesar en su historia, Edimburgo se convirtió en cuna u hogar de grandes escritores como Stevenson, Burns o el propio Scott y filósofos ilustres como Hume.


Y la gente allí es maravillosa. A diferencia de sus vecinos ingleses, los escoces son más amables con el visitante: recuerdo un conductor de autobús que no arrancó su vehículo hasta que se aseguró que yo había comprendido en que parada tenía que bajarme. En los pubs de "Rose Street", los camareros siempre te recomendarán cervezas o whiskies, mientras te relatan la historia de otro fantasma que vaga entre las paredes del pub... 

 

 

Y también están las tiendas de adornos navideños, que exponen sus vistosas mercancias en todas las estaciones del año, las librerías de segunda mano, y las fértiles llanuras que hasta en pleno verano exponen un hermoso color verde.

  En gastronomía, también los escoceses poseen mejores virtudes que sus vecinos: aunque la mayoría de los restaurantes centrícos ofrecen "fast food" y "fish ’n chips" como toda alternativa, hay recetas típicas que, si callejeas un poco, puedes degustar: El pastel de carne a base de ternera "Aberdeen Angus", las "roasted scallops" que no son más que vieiras a la plancha, los quesos, los pasteles y puddings... Dejo los "Huggis" para los más fuertes de estómago.

 Desgraciadamente, comer bien es caro y difícil en Edimburgo, aunque lo compensa el hecho de que hay maravillosas cervezas, (no os perdais la McEwan’s Ale), y mejores whiskies: los mejores del mundo.

En resumen, si vas a Edimburgo, tu espíritu se impregnará de fantasía y terror; de un hermoso e inquietante paisaje, de los lamentos de los que se fueron injustamentes acusados de brujas, herejes o conspiradores cuyas sombras vagan en la ciudad y se funden con las brumas del Mar del Norte; de la lluvia, de la niebla y del sol, que cuando se digna a salir, saca a la ciudad de su letargo nebuloso y la convierte en un lugar amable, acogedor y casi de cuento. Y para impregnarte de todo eso, lo mejor que puedes hacer es sentarte a escuchar a un gaitero de los muchos que te encontrarás, mientras entona "Scotland The Brave", y disfrutar de esa mezcla de nostalgia y alegría con que llora la piel de la gaita.

 

SULIS.

 

 

 

Praga: un cuento de hadas a escala humana

 

Si habéis ido a Praga, tendréis que estar de acuerdo conmigo: es una ciudad bonita a rabiar!!! 

 

 Si no habéis ido, no sé a que esperáis. Hay paquetes muy baratos en agencias que incluyen vuelo más hotel, y merece la pena pasar como mínimo tres días; aunque si podéis estar más tiempo, mejor que mejor. Hay que aprovechar que la República Checa es euro-escéptica, y los precios de allí son algo más asequibles para el bolsillo del “recién independizado”.En esta ciudad los fans de poner fotos en tuenti, facebook o twitter, (yo los llamo "picture-hunters"), lo van a flipar en colores, porque cada rinconcito ofrece una foto inolvidable.

  

  Lo primero que llama la atención son las construcciones y edificios: en el casco antiguo predominan las casitas con fachadas de colores y los tejados oscuros de torres e iglesias. De entre todas las edificaciones destacan Santa María del Tyn, que es una iglesia de estilo gótico centroeuropeo. A mí siempre me recuerda a un castillo tenebroso de cuento de hadas, donde lo mismo te puedes encontrar a la bella durmiente que al conde drácula. Decepciona un poco cuando ves que el interior no es de estilo medieval sino barroco. Pero ver el atardecer en la "Stare Mesto" (Plaza de la ciudad vieja) con las agujas de Santa María del Tyn es toda una experiencia.

 

 En esta misma plaza, podemos visitar la famosa Torre del Reloj Astronómico con sus famosos y tétricos autómatas, que esta situada en el maltrecho edificio del Ayuntamiento, testigo mudo de la Segunda Guerra Mundial, ya que sólo entonces dejó de sonar.

  El ayuntamiento fue incendiado en 1945, dañando seriamente la Torre del Reloj, que fue posteriormente reparado. Peor suerte corrió el edificio del Ayuntamiento, cuya fachada está literalmente cortada por la mitad.

  

 

Sin salir de la Stare Mesto, no hay que pederse el mercadillo turístico con tenderetes de sabor medieval, los cafés con terracitas en la calle, que por dentro son casas de estilo románico, las bandas de música de jazz que tocan al aire libre, (hay una muy curiosas cuyos integrantes son todos jubilados muy marchosos), y por supuesto, hay que hacerse una foto con el gran héroe Jan Hus, quemado por hereje, acusado del inaudito crimen de predicar en lengua checa en lugar de hacerlo en Latín. 

Como es lógico, querremos visitar la catedral y el castillo, y para hacerlo lo mejor es cruzar desde el barrio judío hasta el barrio del castillo por el puente de Carlos, un puente de piedra que fue construido entre los siglos XV y XVI. Este puente, durante la noche da escalofríos al contemplar las miradas de sus treinta estatuas de piedra, todas ellas alegorías de santos.

 

 

 Pero de día es un hervidero de turistas que inmortalizan con sus cámaras este gran salto de piedra que atraviesa el río Moldava, y de artistas y artesanos que tratan de sobrevivir a expensas de los visitantes, lo que hace del puente un lugar todavía más pintoresco y amable a la luz del día.

 

 

  Tras cruzar el puente llegamos a Mala Strana, un barrio donde la mayoría de la élite praguense construyó sus palacios rodeados de jardines y parques, que son como una colección de Versalles en miniatura además de un remanso de paz. También hay calles con canales como en Venecia

 

 

 Ascendiendo por Mala Strana, y subiendo por empinadas escaleritas, se llega al barrio del Castillo, (Hradcany), que es un conjunto de edificios donde se mezclan todos los estilos arquitéctonicos posibles en Europa: podemos ver Románico en la Iglesia de San Jorge y el interior de la Catedral de San Vito, aunque esta es mayoritariamente de estilo Gótico. Dentro del complejo del castillo podemos ver el Museo de Arte barroco y Manierista, y finalmente, la mayoría de los edificios civilies, (donde se sitúa el Consejo de Gobierno Checo), son renacentistas y neoclásicos. Sólo si descendemos a los subterráneos de la Catedral y del Castillo podremos ver los muros originales que datan del siglo IX. Esta amalgama de estilos y construcciones son un mosaico que representan la convulsa historia de Praga y los enfrentamientos y sucesión de culturas, que la marcaron para siempre, como las famosas "desfenestraciones".

 

 

 No podemos salir del Barrio del Castillo sin visitar el Callejón de Oro, un conjunto de caprichosas y coloridas casitas para hobbits, donde el techo roza las cabezas de los visitantes. Se dice que estas casitas fueron habitadas por los soldados que protegían el castillo durante el siglo XVI. Luego fueron habitadas por alquimistas y orfebres, (de ahí su nombre), y en el siglo XX, en una de estas casitas se alojó durante dos años el escritor de "La Metamorfosis", Franz Kafka.

  

 

Volviendo a cruzar el Puente de Carlos, y antes de sumergirnos en la Stare Mesto, podemos visitar el barrio judío, (Josefov) y sus seis sinagogas, de entre las que destaco la Sinagoga Española, antigua sede de los sefarditas praguenses, que es como una miniatura de la Mezquita de Córdoba.

 

 

 Tampoco hay que dejar de visitar la Sinagoga Pinkas y su emotivo recuerdo del Holocausto judío, y al salir de esta, el cementerio judío, donde podemos ver estelas de tumbas, algunas de ellas datan de finales de la Edad Media. Entre las distintas tumbas, anárquicamente amontadas, está la del famoso rabino Low, al cual le atribuyen la creación del fantasmagórico Golem. Se dice que si escribes un deseo en un pedazo de papel y lo dejas bajo una piedra en la tumba del rabino Löw, este te lo concederá.

 

 

 De vuelta al casco antiguo, podemos seguir "cazando fotos" de las fachadas medievales o de aquellas que representan el decadente "art noveau", que hoy albergan lujosas y exclusivas tiendas. En la Calle Paris, y también por todo el barrio viejo, hay numerosas tiendas donde podemos comprar marionetas, cristal de Bohemia y joyas con granates. Estas últimas adquisiciones son para los más pudientes claro, pero si escrutas mucho entre tiendas, tenderetes de calle y mercadillos, puedes traerte un montón de souvenirs a buen precio.

 

 Recomiendo hacer un par visitas más por esta parte de la ciudad: al museo de Alfons Mucha, (que inmortalizó a Sara Bernhardt en hermosos carteles modernistas), al teatro de las marionetas, donde unas marionetas de tamaño descomunal hacen una original versión de la opera "Don Giovanni", de Mozart.


 

Si quieres ver espectáculos de cualquier tipo, Praga es definitivamente, tu ciudad. Puedes disfrutar de óperas clásicas, (yo tuve la suerte de disfrutar de "La Traviata", de Verdi en la Opera y del "Requiem" de Mozart en la Casa Municipal) y de espectáculos más modernos y fascinantes en innumerables locales como el Teatro Negro. Y los precios de las entradas son más que asequibles. Yo pagué algo así como veinte euros por un palco en la bellísima Opera.

 

 

Y para comer, Praga ofrece una amplia y económica variedad: hay tenderetes donde se pueden saborear enormes y sabrosas salchichas, (“klobasas” creo que se llamaban), con mostaza y pan por menos de un euro. También en esos tenderetes hay unos sabrosos sandwiches de queso frito y rebozado, así como hamburguesas y otras exquisiteces para los amantes de la comida rápida o para los que tenemos que "amarla" porque no hay otra.



 

Si te quieres y puedes estirar, hay buenos restaurantes, algunos a precios muy asequibles: en el restaurante "Mucha” disfrutamos de una cena para dos por unos veinte euros, que incluía ensalada de gambas, “goulash” para dos, (un delicioso estofado de origen húngaro), vino y postre. Este sitio además es recomendable por su estética modernista y la agradable música de fondo. En Praga se pueden degustar guisos caseros y y excelentes sopas de verdura para los más clásicos, así como de carnes de caza y filetones para los ansiosos.



 Praga es la ciudad de la cerveza, la famosa Pilsner Urquell estuvo presente en todo mi viaje. La cerveza allí suele tener menos graduación que en España, así que puedes beber hasta hartarte sin pillar una borrachera descomunal. Y no hay que olvidar la repostería: tartas caseras, de frutas, de chocolate, de frutos secos... Es para perder la cabeza. Me faltan palabras para describir esos pequeños pedazos de placer.

 


 Y no hay que olvidar la repostería: tartas caseras, de frutas, de chocolate, de frutos secos... Es para perder la cabeza. Me faltan palabras para describir esos pequeños pedazos de placer.


 Pero Praga no es solo todo esto. Es un regusto agridulce que combina "art noveau" con recuerdos del comunismo. Praga ofrece parques pacíficos y acogedores, cercanos al bullicio del puente de Carlos y otros rincones turísticos. En Praga puedes encontrar lugares de peregrinación tan raros como una casa que dicen que perteneció a la Virgen María, un Niño Jesús de cera, y un muro dedicado a John Lennon. Hay cosas tan asombrosas como un castillo y una catedral fuera del Casco Antiguo.


Pero tras la amable cara de fachadas coloreadas, se esconde una historia triste, donde los enfrentamientos han sido constantes, y la sangre terminaba llegando al Moldava. Todo culminó tras la caída del Muro de Berlín, y ahora Praga vuelve a recuperar el cosmopolitismo y la gloria de antaño, como cuando Mozart decidió estrenar Don Giovanni en Praga para regocijo de sus habitantes.

Por las noches, Praga se llena de fantasmas que lloran por todas las desgracias que ha presenciado en más de mil cuatrocientos años de historia. De día se levanta al ritmo de la música clásica o del jazz y recibe a sus visitantes, (como una buena y hospitalaria ama de casa), con un café humeante y un trozo de tarta de almendras.

 SULIS. 

 

 

 

 

El Cabo de Los Lamentos

Una de mis playas favoritas es la playa de Zahora, en Cádiz. Está localizada en un lugar hermosísimo y a la vez tétrico: yo la llamo "El Cabo de los Lamentos", aunque en los libros y los mapas, aparece como el cabo de Trafalgar.

 

 

 

La playa es de arena fina, típica en Cádiz. Es esa arena que se pega a la piel y da la lata para salir cuando te montas en el coche; pero que engaña con la apariencia del oro a los turistas anglosajones: muchos de ellos se creen que entre los granos de arena se pueden encontrar láminas finas de oro, por el brillo que tiene esta arena bajo el inclemente sol del mediodía veraniego. Esta playa es, además, una de las más limpias de España porque los alojamientos y los bares cercanos practican el turismo ecológico.

Recomiendo, pues la visita a esta playa a todos los amantes de la naturaleza. Además, por la zona es fácil encontrar alojamiento y comida asequible para el bolsillo de los "recién independizados". Allí, se mezcla el turismo familiar de playa con el naturalismo y el nudismo. Y lo mejor de todo: por muy poco dinero, en esta playa podréis viajar en el tiempo.

Cuando sopla el viento de poniente, la playa de Zahora es una auténtica maravilla, digna de catálogo de agencia de viajes: el mar es un espejo de tranquilidad, y la imagen del faro de Trafalgar, al fondo, le da a la playa un aire romántico y soñador. Es como viajar al pasado, al tiempo en que los faros representaban toda la ayuda posible a los barcos, que erraban buscando una costa, cargados de sabe Dios que, y temiendo escorar contra las rocas. El faro se presenta como un vigía benigno que conduce a los marineros a buen puerto. Cuando sopla el poniente, la playa me llena de sentimientos positivos y buenas sensaciones.

Pero todo cambia cuando sopla el levante. El mar se enrarece y el baño resulta muy peligroso. La dorada y pacífica arena se levanta en ráfagas y te araña la piel como zarpazos de oso. Y el ruido del viento es insoportable, triste y desolador. Es como un aullido tenebroso que se mete en tu cabeza y te araña el cerebro igual que la arena te araña la piel. El aspecto de la playa sigue siendo hermoso, pero de una hermosura macabra, como los cuadros de William Blake. Y el faro ya no es un vigía benigno, sino un testigo mudo que se siente impotente al no poder evitar una tragedia.

Yo, que soy soñadora hasta el punto de la empalaguez, siempre digo que cuando sopla el levante, es porque los fallecidos en la batalla de Trafalgar se quejan de su triste destino, y gritan, para que no los olvidemos.

Frente al faro, y en una noche tormentosa de Octubre de 1805, casi cinco mil hombres, (entre españoles, franceses e ingleses), perecieron en la famosa batalla. Meses después se sumaron más a este número: o murieron por las heridas provocadas, o murieron de inanición y dejadez en una cárcel brítanica. Yo he visitado la antigua prisión de Edimburgo, y hay que decir que Guantánamo o que cualquier cárcel musulmana, que tanto se critican, hubieran sido el paraíso para aquellos hombres del principios del XIX. No quiero decir con eso que apoye la actual situación de esas prisiones, sino que la estancia en una prisión de la época podía ser peor que la muerte.

Personalmente, no me uno al sentimiento patrio que se alegra por la muerte de Nelson, o que critica el papel de la alianza francesa, o mil detalles más. A mí lo que me llena de tristeza es toda esa gente que se quedó para siempre frente al "Cabo de los Lamentos", independientemente de su nacionalidad. Me apena pensar que las naciones discutieran por una lista de intereses que al gaditano, al pariesiense o al londinense de a pie no iban a beneficiar nunca. Y sin embargo los tres dieron la vida por esos intereses absurdos, y los tres descansan en las aguas de aquel mar. Y sus esperanzas y las de sus familias también se quedaron allí para siempre.

Cuando sopla el levante, aullan y gritan, para quien los pueda oir: "Parad esto. No volváis a caer en la misma espiral. Mira lo que hicieron con nosotros".

Es por eso que me gusta ir a esta playa, y ver como juegan los niños con sus padres. Como lo grupitos de jóvenes, que se siente libres y en posesión de la verdad, se desnudan bajo el sol y se toman sus litronas. Y como los marineros que fallecieron, observan la escena con la calma impasible de la eternidad.

Pero, volviendo a la playa, siempre es hermosa. Con su levante o con su poniente. Con sol o con lluvia. Siempre nos aporta algo. Siempre nos traslada al pasado y nos hace disfrutar del presente. Y si vas, y te bañas en esas aguas, no tengas miedos a los espíritus de los marineritos muertos: los muertos no hablan, pero si aullan, y su aullido no quiere transmitirnos temor, solo quieren que no los olvidemos, que no olvidemos su angustia y su temor. Y que, ya que ellos no pudieron, disfrutemos nosotros de la vida y seamos felices.

La playa de Zahora, en resumen, invita a la reflexión, y yo os invito a visitarla si no lo habéis hecho aún.

 SULIS.

 

Muy cerquita...

Para mucha gente Portugal y el Algarve son sinónimos de "barato" y "textil apañadito".

Para mí, el Algarve es sinónimo de "muy cerquita, pero muy desconocido".

En el sur de Portugal, no todo lo que vas a encontrar son toallas y miniaturas de gallos negros.

 ¿Habéis ido a las playas de Sagres? Las aguas son cristalinas a más no poder, y frías como el hielo. Las olas rompen contra acantilados diseñados para gente temeraria, y evocan los cañonazos de los barcos de Sir Francis Drake contra la Fortaleza de Sagres; que si bien hoy no tiene la quinta parte de la gloria que tuvo antaño, visitarla te da la oportunidad de sumergirte en un mundo de piratas y caballeros.

 

 

¿Conocéis el norte del Algarve, la serranía donde comienza el Alentejo? En el norte de Tavira, se puede visitar la sierra del Cachopo: allí puedes encontrar desde alojamiento rural y ecológico, (que tan de moda está), hasta aldeas y alquerías habitadas por un par de ancianos amables que no hablan tu idioma, pero que pondrán todo el empeño del mundo en ayudarte a encontrar un dólmen con tres mil años de historia.

 

¿Habés visitado Faro? Su estadio de fútbol tiene forma de carabela colombina, y debe ser el estadio más bonito que he visto. ¿Y su playa? Desde allí puedes ver como aterrizan los aviones cargados de anglosajones que se mueren por bañarse con el sol, la sal y la luz de esas envidiables costas.

 

 

Y hablando de costas, ¿habéis estado alguna vez en las semidesiertas calas de Armaçao de Pera como la de "Cova Redonda"? Son increíblemente limpias, ordenadas, bien cuidadas. Te puedes ver los pies al bañarte, vaya.

 

 

¿Habéis oído hablar del arte manuelino? Lo podéis ver en las vestustas y polvorientas iglesias que hay en cada pueblecito del Algarve desde Santo Antonio hasta Sagres. En Tavira, por ejemplo, podéis encontrar hasta 37 ejemplos del arte que desarrolló un rey que quiso conquistar el mundo.

 

 

¿Habéis visto los castillos, como el de Silves, que nos traen a la memoria aquellos tiempos en que los hombres resolvían sus diferencias con un caballo y una lanza en una justa?

 

¿Habéis probado el "vinho verde"? ¿Y las cataplanas de marisco? ¿Y el pulpo de Santa Luzia, la capital del "polvo"? No seais mal pensados, "polvo" es como se dice "pulpo" en portugués.

 

 

Y por cierto, ¿sabéis decir algo en portugués más alla del simple "obrigado"? Yo no, me avergüenzo, pero lo reconozco. No habló portugués y no conocía nada de todo eso hasta que fui allí. Es una pena, porque son nuestros vecinos, y se esfuerzan en hablar castellano cuando les pides algo, y conocen nuestra cultura, aunque muchos de ellos no han estado nunca aquí, pero lanzan albanzas en torno a la Giralda o la Alhambra. Recuerdo una noche en un bar, viendo un partido del Betis, y a todos los lugareños allí reunidos, animando a un equipo que no es el suyo.

La nota jocosa que alguién pondrá son los puntos que siempre nos dan en Eurovisión y los que nosotros casi nunca les damos.

Y todo lo que aquí digo, es sólo una pequeña parte, porque el Algarve tiene muchos secretos y rincones inolvidables. Ya os iré ilustrando poco a poco.

Si buscáis algo nuevo, desconocido, y también baratito, (por qué no decirlo si es verdad: con lo que te gastas en tres días en Chipiona o en Zahara de los Atunes, tienes para 10 días en el Algarve), no dejéis de visitar a nuestros vecinos del Algarve. Os sorprenderá gratamente, palabra de honor de pirata.

SULIS

Viajar es un placer...

Viajar es un placer...

A todos nos gusta hablar de nuestros viajes y enseñar las fotitos que con tanto afán hemos tomado. Viajar además, forma parte de nuestra recién estrenada independencia, ya que salir a otro país y comunicarse con sus habitantes, no hará siempre ganar madurez y nos ayudará a conocer otras culturas.

Voy a publicar aquí fotos y comentarios de los viajes que he hecho y de los que me gustaría hacer.

También añadiré lugares interesantes, sitios ecónomicos para comer y dormir fuera, y por supuesto os animo a publicar vuestras experiencias y recomendar vuestros bares, restaurantes y hoteles favoritos.

SULIS.