Edinburgh: Where the bagpipe cries with mirth...
Europa está llena de ciudades de cuento, ciudades mágicas y sorprendentes. Cuidades donde las piedras hablan de amor y muerte, de hambre y de gloria, de todo lo que los seres humanos dejamos atrás cuando emprendemos el camino hacia la eternidad. En esas ciudades vagan los espíritus errantes de los que la habitaron hace siglos: no quieren irse, es su ciudad, son su calles y sus hogares. Allí nacieron, crecieron, se enamoraron, sufrieron, y murieron. Esos fantasmas nunca se irán porque reclaman un poquito de espacio entre las piedras que los vieron crecer.

Edimburgo es una de esas ciudades de cuento que se te quedan en el corazón para los restos. Te embruja, y se te mete en las venas para no salir. Se queda ahí para siempre, y te la llevarás donde quiera que vayas. Es una ciudad de cuento: de cuento de terror. No en balde Escocia es la verdadera cuna de la fiesta de Halloween. Pero además Edimburgo fue testigo de sangrientos episodios que salpicaron la historia escocesa: pictos, escotos, anglosajones, católicos, protestantes, jacobitas... Todos ellos protagonizaron eternas batallas que regaron Edimburgo de sangre y fantasmas.

Edimburgo posee una belleza siniestra, que viene dada por su orografía irregular y basáltica. Los geólogos indican que la actividad sísmica y volcánica fue especialmente violenta en la antigüedad, por ese motivo, nos llamará mucho la atención al principio las empinadas cuestas y los pedazos de montaña resquebrajada donde se asientan el Castillo o la sobrecogedora colina llamada "Arthur’s Seat" (silla del Rey Arturo), cuya vista es accesible desde todos los puntos de la ciudad. A juzgar por el enorme tamaño de la colina, el rey Arturo debió ser un titán.
En la que tal vez sea la primera guía de viajes sobre la capital de Escocia, Robert L. Stevenson, (autor de "La Isla del Tesoro" y "Dr. Jekyll y Mr. Hyde" entre otras maravillas), nos relata diversas historias de terror con un fondo más que real, como la historia del infame Deacon Brodie, que a semejanza del inventor de la guillotina, tuvo el dudoso honor de ser ejecutado en la horca que él mismo había diseñado y construído.

Con historias así, es normal que al recorrer la "Auld Reekie" nos sintamos observados por cientos de fantasmas. Los hay por todas las calles y callejones que allí llaman "alleys" o "closes". Si vas al Castillo o al "Holyrood Palace", te hablarán de fantasmas. Si bajas al "Mary King’s close" te hablarán de más fantasmas. Si pasas por el "Grass Market", (antiguo enclave de patíbulos), te hablaran de fantasmas. Y probablemente, si bebes un poco más whisky de la cuenta, mientras vuelves a tu hotel, la imaginación te jugará una mala pasada, y hablarás de que tú también viste un fantasma.

Los edificios del casco antiguo son oscuros, estrechos y llamativamente altos. Esto da un toque pintoresco y sobrecogedor al ya de por sí ambiente tenebroso. El motivo que justifica esta verticalidad es la falta de espacio. Tras la Edad Media, la población de Edimburgo aumentó tanto, que no había lugar para construir casas nuevas, de modo que las casas se construían unas encima de otras.

Esto tuvo consecuencias bastante drámaticas: los más ricos se instalaron en la parte más alta de los edificios, mientras que los pobres se vieron relegados a vivir entre la porquería orgánica e inorgánica que caía directamente a los suelos de las calles. Entre los años 1642 y 1645, un brote de peste bubónica azotó la ciudad, y como consecuencia de la tremenda insalubridad, miles de personas fallecieron. Uno de los enclaves que rememora esta tragedia es el "Mary King’s Close", (aquí los callejones se llaman "closes" o "alleys"). Allí fueron encerrados entre altos muros cientos de personas afectadas por la peste para impedir la propagación de la enfermedad. Resulta más que siniestra la recreación de la imagen del Dr. Rae, que decidió fabricarse una capa especial para impedir el contagio, y así poder atender a los desafortunados enfermos.

El callejón de Mary King, con esta y otras historias de terror nos dejará mal cuerpo. Así que lo mejor para quitarse esta sensación de desasosiego es salir a la bulliciosa "Royal Mile" y pasear por ella. Esta, antaño calle principal de la ciudad, (ahora quiza es "Princess Street" un núcleo más neuralgico que la "Auld Reekie"), ofrece a los visitantes que la recorren de una punta a otra diversas tiendas de souvenirs y pubs típicos donde quitarnos un poco el susto del cuerpo comprando un "kilt" o bebiendo una "McEwan’s".

En la "Royal Mile" encontraremos diversos enclaves catalogados como Patrimonio de la Humanidad. En una punta está el "Holyrood Palace", actual sede de la corona británica, construído junto a una abadía gótica hoy en ruinas. En la parte opuesta está el conjunto de edificios que forman el Castillo de Edimburgo, junto a la explanada donde se celebra el vistoso festival de gaitas llamada "Military Tattoo".


Y justo en el centro de la "Royal Mile" esta la catedral de St. Giles. Este templo no dista mucho en estilo y dimensiones de cualquier templo gótico europeo, pero nos puede parecer pequeña porque las escalinatas que le daban aspecto de grandeza, han desaparecido bajo el pavimento de la calle al ir creciendo la ciudad de forma vertical. Por dentro, lo más sobresaliente son sus vidrieras, todas ellas bastante actuales pero no por ello menos hermosas.

Del edificio del Castillo cabe destacar las esculturas que flanquean la puerta: William Wallace y el rey Robert "the Bruce" nos reciben como héroes de la independencia escocesa. Y una vez dentro no hay que perderse la capilla románica de St. Margaret, testigo de la historia de amor entre esta reina santa y su esposo. Al parecer la pobre señora no pudo vivir más de tres días tras saber que su esposo y su hijo mayor habían muerto en batalla. También en el castillo podemos visitar un bonito edificio que conmemora a los soldados escoceses fallecidos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, o una antigua prisión de la que era prácticamente imposible escapar. Como siempre más fantasmas y más tristeza. Y es que el Castillo de Edimburgo está lejos de la imagen de Castillo que tenemos de los cuentos de hadas.

Pero Edimburgo también tiene su cara amable y alegre. Si subes al atardecer a "Calton Hill", (un inacabado proyecto de Acrópolis que le valió a la ciudad el sobrenombre de Atenas del Norte), puedes ver como al ponerse el sol, la colina del "Arthur’s Seat" adquiere tonos dorados y rojizos que la hacen parecer menos amenazadora y más cercana. En la parte más nueva de la ciudad vas a encontrar numerosas referencias a los escoceses más célebres, como el pináculo de Walter Scott. Tal vez por todas las dificultades que el pueblo escocés tuvo que atravesar en su historia, Edimburgo se convirtió en cuna u hogar de grandes escritores como Stevenson, Burns o el propio Scott y filósofos ilustres como Hume.

Y la gente allí es maravillosa. A diferencia de sus vecinos ingleses, los escoces son más amables con el visitante: recuerdo un conductor de autobús que no arrancó su vehículo hasta que se aseguró que yo había comprendido en que parada tenía que bajarme. En los pubs de "Rose Street", los camareros siempre te recomendarán cervezas o whiskies, mientras te relatan la historia de otro fantasma que vaga entre las paredes del pub...


Y también están las tiendas de adornos navideños, que exponen sus vistosas mercancias en todas las estaciones del año, las librerías de segunda mano, y las fértiles llanuras que hasta en pleno verano exponen un hermoso color verde.

En gastronomía, también los escoceses poseen mejores virtudes que sus vecinos: aunque la mayoría de los restaurantes centrícos ofrecen "fast food" y "fish ’n chips" como toda alternativa, hay recetas típicas que, si callejeas un poco, puedes degustar: El pastel de carne a base de ternera "Aberdeen Angus", las "roasted scallops" que no son más que vieiras a la plancha, los quesos, los pasteles y puddings... Dejo los "Huggis" para los más fuertes de estómago.

Desgraciadamente, comer bien es caro y difícil en Edimburgo, aunque lo compensa el hecho de que hay maravillosas cervezas, (no os perdais la McEwan’s Ale), y mejores whiskies: los mejores del mundo.

En resumen, si vas a Edimburgo, tu espíritu se impregnará de fantasía y terror; de un hermoso e inquietante paisaje, de los lamentos de los que se fueron injustamentes acusados de brujas, herejes o conspiradores cuyas sombras vagan en la ciudad y se funden con las brumas del Mar del Norte; de la lluvia, de la niebla y del sol, que cuando se digna a salir, saca a la ciudad de su letargo nebuloso y la convierte en un lugar amable, acogedor y casi de cuento. Y para impregnarte de todo eso, lo mejor que puedes hacer es sentarte a escuchar a un gaitero de los muchos que te encontrarás, mientras entona "Scotland The Brave", y disfrutar de esa mezcla de nostalgia y alegría con que llora la piel de la gaita.

SULIS.
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